La oración que nos rescata cuando todo se mueve…
Los duros acontecimientos que estamos viviendo como país nos enfrenta a una serie de desafíos relacionados con el servicio a los que están sufriendo. Por este motivo quisiera dirigir esta reflexión especialmente a todos aquellos que están sirviendo directa o indirectamente a las personas que están sufriendo.
Sin duda alguna un terremoto y tsunami nos deja muchas secuelas en lo psico-emocional y espiritual, no solo para aquellos que han sufrido algún tipo de pérdida, sino también para aquellos que han decidido dedicar un tiempo especial para ayudar en la reparación de los daños. Estos últimos, difícilmente podrán abstraerse del dolor que observen en terreno y esto puede producir un grado de frustración e impotencia que termine por enfermarnos del alma.
Quizá uno de los sentimientos más poderosos y perturbadores es esa sensación de pérdida de control. Si hay algo que un terremoto nos recuerda a gritos es que como seres humanos no tenemos el control de muchas cosas. Es tal el grado de vulnerabilidad que nos produce el sentimiento de que estamos expuestos a las fuerzas de la naturaleza que genera en nosotros una angustia desmedida. Es que como seres humanos buscamos la seguridad en todos los ámbitos. Somos educados desde el hogar, la escuela, y la sociedad en general, para tener control y cuando lo perdemos, entramos en crisis devastadora, nos desorientamos y nuestros valores se trastocan. Una prueba latente de ello pudieran ser los saqueos ocurridos en diversos lugares después del terremoto.
Por otro lado, quienes han optado por el servicio y acompañamiento de los que están sufriendo, tienen que lidiar con las preguntas que surgen del dolor. Aquí la pérdida de control puede manifestarse en una profunda tristeza, ansiedad e impotencia de no saber como ayudar a tantos. Es aquí entonces donde la Palabra de Dios y la Oración se vuelven un cable a tierra para afrontar el dolor desde una manera edificante y sanadora. Sin esa perspectiva corremos el peligro de transformarnos en “salvadores” o “benefactores mesiánicos” y no en compañeros caminantes abrazando al otro en mutua vulnerabilidad. Un texto de Las Escrituras que muchas veces me ha rescatado de esa sensación de desamparo es el salmo 93:
“El Señor reina, revestido de esplendor; el Señor se ha revestido de grandeza y ha desplegado su poder. Ha establecido el mundo con firmeza; jamás será removido. Desde el principio se estableció su trono, y tú siempre has existido.
Se levantan las aguas, Señor; se levantan las aguas con estruendo; se levantan las aguas y sus batientes olas.
Pero el Señor, en las alturas, se muestra poderoso: más poderoso que el estruendo de las muchas aguas, más poderoso que los embates del mar. Dignos de confianza son, Señor, tus estatutos: ¡la santidad es para siempre el adorno de tu casa!” (Salmo 93)
Este salmo, de una forma maravillosamente estética y poética nos presenta los dos escenarios entre los cuales nos movemos los cristianos. El poeta comienza con su mirada puesta en el Dios soberano, cuyo trono es inconmovible, e inmutable. Un Dios que reina con esplendor y majestad. Alguien sí tiene las cosas bajo su control.
De pronto el poeta baja la mirada acá abajo. Aquí donde los ríos se salen de cause. Aquí donde los mares muestran sus batientes olas. Aquí donde las pasiones humanas se desbordan. Hasta aquí, la tensión entre estas dos realidades contrastan y parece que se contraponen, como si las cosas se salieran del control del trono, sin embargo el poeta levanta otra vez su mirada al trono Eterno e Inmutable de Dios para decir “el Señor en las alturas, es más poderoso que el estruendo de las muchas aguas”. Es que Dios sigue sentando en su trono y es esa visión de la Eternidad la que puede rescatarnos del desamparo y la soledad. “Dignos de confianza son sus estatutos”.
La oración y la meditación de Palabra de Dios es lo que puede conectarnos con la Soberanía y fidelidad de Dios, para recordarnos que El sigue bajo el control de todas las cosas. Sirvamos en un espíritu orante, recordando que el Señor sigue sentado en su trono, que las cosas no están fuera de control. Que aunque los ríos se salgan de su cause, y las pasiones humanas se desborden, el trono de Dios no se mueve, Dios sigue teniendo las cosas bajo su control. Sigamos sirviendo entonces, con el alma conectada al Cristo Soberano, y que el dolor sea un nexo que nos conecte como seres humanos y que nos recuerde lo mucho que nos necesitamos.
Leonardo Alvarez Castro
Coordinador Nacional
Red del Camino Chile
